Hay algo que pasa en el norte de Fuerteventura que no ocurre en el sur. La luz no cae — se derrama. Llega desde el Atlántico a ras de agua, sin montañas que la filtren, y cuando toca las rocas volcánicas negras se convierte en algo que cuesta describir con precisión.

En El Cotillo, los atardeceres no empiezan a la hora que marca el reloj. Empiezan antes, cuando el cielo sobre el océano adquiere ese tono entre azul y naranja que dura apenas veinte minutos. La mayoría de los visitantes ya están cenando. Nosotros recomendamos estar en la orilla de Los Charcos a esa hora, sin teléfono en mano o con él guardado.

El faro del Tostón actúa como referencia. Cuando su silueta empieza a recortarse contra el cielo encendido, es el momento. El viento suele amainar al caer la tarde — es uno de los pocos momentos del día en que El Cotillo está en silencio real.

No traemos aquí fotografías de ese instante. Algunas cosas funcionan mejor sin documento.