Quien llega a Fuerteventura en verano ve arena, roca y cielo despejado. Quien llega en invierno ve otra isla. Las lluvias de otoño despiertan algo que estaba dormido: el interior se cubre de verde, los campos se llenan de flores moradas y amarillas, y los volcanes — que en agosto parecen polvo — aparecen envueltos en algo que no tiene nombre exacto.
Este año ha sido especialmente generoso. Las planicies del norte, la zona de Tindaya, los valles entre montañas — todo floreció. Un campo de tabaibas y verodes en flor sobre fondo volcánico es una de las imágenes más improbables y más reales de esta isla.
En El Cotillo, el invierno tiene su propio carácter. El viento existe — el alisio atlántico no avisa y no pide permiso. Algunos días las playas del norte son imposibles; otros están en calma perfecta. La temperatura rara vez baja de 17 grados. La luz llega más baja, más dorada, y los atardeceres duran más que en verano.
Los restaurantes abren. Las playas están casi vacías. El pueblo recupera su ritmo propio. Para quien busca descanso real, silencio con buena temperatura y una isla que no ha sido diseñada para el turismo masivo — el invierno es la mejor temporada.
Nosotros preferimos el invierno. Pero somos conscientes de que no es para todo el mundo.